AUNQUE SE APELLIDEN VERNE , todos los escritores, sin excepción, son realistas, pertenecen a la escuela realista, viven para, por y de la realidad. Incluso aquellos que escriben literatura fantástica, emplean la fantasía como un atajo, como una coartada, como un seudónimo de la realidad. En lo que los escritores no se ponen de acuerdo es, de hecho, en definir qué cosa sea la realidad. Ahí, como en las razas de perros, las gamas de azules o las escuelas ajedrecísticas, hay para todos los gustos.Ahí, como en las razas de perros, las gamas de azules o las escuelas ajedrecísticas, hay para todos los gustos. Algunos escritores, pícaros ellos, como Paul Auster, dicen que la realidad no existe, lo cual es una manera bastante sutil de decir que no les gusta.
Otros, como John Barth, aseguran que la realidad es un bonito lugar para ir de visita, pero que uno no desearía vivir en ella durante mucho tiempo, lo cual es decir lo mismo que dice Auster pero de forma más elegante. No falta quien, como William Burroughs, asegure que la realidad es un mal viaje, un ácido pocho, una droga chunguísima que nos coge siempre con el pie cambiado. En el extremo del espectro se sitúan los que aseguran, como Philip K. Dick, paradójicamente uno de los escritores más imaginativos que han existido en los últimos tiempos, que la realidad es lo que queda cuando todo lo demás se ha derrumbado o ha desaparecido.
Ayer tarde, durante la primera media hora de partido, al Sporting le dio un ataque de realidad y sufrió una torrija considerable. La culpa, por descontado, la tuvo el Numancia, que es algo así como la realidad futbolística elevada a la enésima potencia; la realidad machacona, en bruto, soviética; la realidad transformada en piedra, músculo, plan quinquenal; la realidad contra la que los estudiantes del Mayo francés tiraban adoquines, de tan dura, hostil y cuesta arriba como se hacía soportarla. Hay que reconocer que ser seguidor del Numancia tiene un mérito del copón. Ser seguidor del Atlético de Madrid, del Liverpool e incluso del Sporting es pan comido, porque son equipos que, de vez en cuando, juegan a negar la realidad y lo consiguen, se escapan por alguna de las rendijas que la realidad se permite para no asfixiarnos. Pero ser seguidor del Numancia es estar condenado de por vida a la realidad. Seguro. Tan seguro como que hay suegras e hipotecas. Tan seguro como que en Los Pajaritos hace frío en invierno.
Abducido, mesmerizado, maniatado por ese ataque de realidad, que se tradujo en un gol en contra raro y nada estético, al Sporting le costó un tercio de partido arrancar del sopor para, sin hacer nada del otro mundo, empatar y dejar el larguero temblando al borde del descanso. En el entretiempo, con el Piles escupiendo un relente que escoñaba, la grada se preguntaba entre pipa y pipa si la realidad del Numancia hipnotizaría de nuevo a la muchachada rojiblanca durante la segunda parte. Y aunque el guión, al atacar contra el gol Sur, pronosticaba otra vez tedio y neorrealismo soriano, apareció el 9 y se lo saltó.
El tiempo, que no habla, que se limita a apuntar, como en la rula o como en el mus; el tiempo, que tiene la virtud de ponernos a todos en nuestro sitio tarde o temprano, se obstina en ratificar, domingo tras domingo, algo que es un secreto a voces para quienes siguen al Sporting con cierta constancia. El mejor fichaje que este equipo ha hecho en muchos años ha sido el regreso de Mate Bilic, a mitad de la temporada pasada, a la disciplina de Mareo. Bilic, que no conquistará el corazón de los puristas por su exquisitez ni merecerá un lugar en las hemerotecas del fútbol por su regate o por su punta de velocidad, es, sin embargo, una de las mejores parcelas de realidad que el Sporting pisa desde hace más de una década. Porque ante este hombre es imposible no quitarse el sombrero: cuando las tira fuera, cuando las manda al poste y cuando las mete dentro.
El grado de compromiso que este jugador ha logrado con el equipo es algo insólito. Yo, desde luego, hacía años que no lo veía en un jugador extranjero, pues con Iordanov y Lediakov, los dos últimos futbolistas de más allá de los Pirineos que corrieron por nuestro verde ofreciendo algo más que buena voluntad, el compromiso era de otro signo, y desde luego mucho más inconstante.
De modo que, en mitad de la melancolía en que se había emboscado la segunda parte, Bilic se jugó la cara y encarriló el partido. Luego, ya más relajados, con el Numancia intentando navegar contra las evidencias de su propia realidad, cayó el tercero, e incluso pudo haber un cuarto y un quinto.
Septiembre fue terrible, octubre gozoso, noviembre se adivina sereno. Un equipo que ha marcado 16 goles después de jugar contra los Cuatro Fantásticos promete un final de otoño sin sobresaltos. Sobre todo, mientras tengamos a nuestro 9 y existan realidades llamadas Numancia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario