lunes, 12 de enero de 2009

Bilic, el hijo del gol


Mate Bilic respiraba optimismo desde el primer día que inició su segunda etapa como sportinguista. Revulsivo del mercado invernal, volvió a su casa tras finalizar el primer entrenamiento con el Sporting. Nada era nuevo para el croata. Ya conocía Mareo, su afición y todo el entorno del club. “Emilia, este año vamos a ascender”. Lo dijo con tal rotundidad que su mujer no lo dudó. A pesar de que era el mes de enero, el goleador ya lo tenía claro. Sólo lo confesaría a sus amigos, aunque el tiempo le daría la razón. Sin embargo, reonoce que tuvo un momento de duda.
Apenas pudo pegar ojo en la semana previa al partido de Castalia. El 1-0 en el marcador y la victoria de la Real Sociedad le dejaron muy tocado. Terminó jugando con lágrimas en los ojos, y ni siquiera la remontada del Alvés logró calmarle. La impotencia, los nervios y la tensión se habían transformado en unas lágrimas que volverían a aparecer cuando se encontró con Iñaki Tejada en el vestuario.
Toda esa tensión se transformó en tranquilidad durante la semana. Mate volvió a dormir bien. Tenía un buen pálpito, sobre todo después de conocer la mejor noticia posible: Emilia y él iban a ser padres. El ascenso no se podía escapar, se lo debía a su futuro hijo, que llegaría con el Sporting ya en Primera División.
Debajo de la rojiblanca del Sporting, se puso la camiseta de la Virgen de Medjugorje, que tanto le ayudó este año. Tenía en su estómago el gusanillo de marcar el tanto del ascenso. Un gol que le permitiría sacarse la espina de lo ocurrido hace cuatro temporadas, cuando el equipo desperdició una oportunidad de oro para alcanzar el ascenso. Ahora tenía una segunda oportunidad. Conocía la experiencia anterior y no quería dejarla escapar. Lo consiguió y puso patas arriba El Molinón y toda Asturias. Un cabezazo cruzado, a quemarropa, clasista y efectivo. El 1-0, historia del Sporting. Preludio del ascenso.
Consumada la fiesta, vio el nueve en la tablilla del cuarto árbitro. Su número. El estadio sde puso en pie, y Bilic se rindió ante una afición que sabía la importancia de su fichaje y de sus diez goles decisivos en tan sólo veintidós partidos. No sabía cómo decirles que el ascenso era para todos ellos. Se abrazó con Preciado, aplaudió a la grada, y se acordó de aquel primer entrenamiento en Mareo en el mes de enero. Su alegría sólo era comparable al hecho de ser padre.
Bilic llegó a Gijón para subir y cerrar las heridas de su anterior etapa. La semana previa al partido del Eibar, recibió la noticia de que iba a ser padre. El ascenso no se podía escapar. Se lo debía a su futuro hijo, el hijo del gol.

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